
Entre los ruidos de la ciudad, el flujo de vehículos y la gente que siempre tiene prisa, se encuentra una islita de serenidad. El segundo hospital clínico es un sitio de caridad, porque un corazón destrozado la necesita, está listo a buscar y encontrarla, a sufrir y a perdonar.
El sonido de la campana fuera de las paredes del hospital parece muy próximo y allegado, impregna todo, suena en el fondo del corazón.
Pero sin Dios sufre el alma, el sentido de una incontable depresión, soledad y desesperación la cubre.
Son engañosas y fugaces las alegrías de este mundo y sólo el Señor puede consolar, dar paz y alegría verdadera.
Entonces viene El, y al encontrarse con su Creador comienza a temblar de gozo el alma. La paz y el bien antes ignorados se establecen en ella.
Muchas son las almas destrozadas y perdidas que se recuperaron gracias a que Dios las visitó en los Sacramentos de la Confesión y la Comunión celebrados en el hospital; muchas personas sintieron la gracia de Dios durante la unción con los santos óleos y los asperges con el agua bendita.
Tengo miedo de separarme de Ti
¡Qué difícil arrodillarme!
¡No me dejes caer, Mi Señor!
¡Dáme fuerzas, librarme!
Si uno logra pasar un día, una hora, o un minuto en la iglesia , este minuto se guarda en la eternidad, y la gracia Divina colma el corazón con este favor.
Las hermanas de la caridad, las voluntarias, vienen al hospital no sólo con las palabras de Dios, sino aportando la ayuda física para quienes la necesitan. Son anheladas esas enviadas de Dios donde la vejez , la enfermedad incurable y la minusvalía hacen débil a la gente.








